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viernes, 4 de octubre de 2013

Crónicas I

En este apartado viene como ,en la época del reino Ismalfarí, la espada Garra llegó a manos de la casa Vaelion.
En aquel tiempo el reino ocupaba toda Aränwil sur exceptuando los territorios elfos, contra quienes se los disputaba. La guerra llevaba ya diez largos años y los ismalfaríes perdían terreno poco a poco...


La lluvia caía sobre el campamento fría y pesada. Caía desde hacía varios días e iba haciendo mella en el ánimo de las tropas y los caminos del campo base, donde los carriles se habían convertido en lodazales. 
- Hay que atacar ya, si no nos veremos envueltos entre dos ejércitos- explicaba Lord Harwey de Puerto Gris, el comandante del ejército real. Un hombre canoso con gran experiencia en combate, que  gracias a su mando en la guerra se formó el imperio de Ismal-, es la única manera de salir victoriosos en esta batalla.- se le notaba el agotamiento en la voz, en los años que llevaban de campaña pocas habían sido las victorias del reino contra sus enemigos los elfos.
- No podemos arriesgarnos a dejar el campamento desprotegido, eso sería casi un suicidio- el que hablaba era Osmal Tanen.
La sala estaba dividida, unos apoyaban Lord Harwey en su idea de atacar y otros a Osmal, solo quedaba por hablar Eghear Vaelion, señor de Montenevado y vasallo de los Tanen. Quién se ganó el hueco en el consejo por su arrojo en batalla y las victorias logradas
- Yo a pesar de servir a la familia Tanen, apoyo la idea de Lord Harwey. Es la única manera de volver las tornas de la guerra.
Osmal soltó un bufido y salió de la tienda a paso ligero seguido por sus partidarios, a la vez Eghear se preguntaba si habría hecho bien al desafiar tan abiertamente al hermano de su señor. 
Cuando acabaron de decidir la estrategia salieron al lodazal que era el centro del campamento. Cada uno se fue a su respectiva tienda, todos menos Eghear, el cual se dirigió a la armería a por su escudo nuevo con su emblema grabado, una espada vertical entre dos osos. Allí había multitud de hombres con sus corazas hablando de armas, batallas y diversas cosas. Encontró al herrero en la fragua dando instrucciones a su aprendiz.
-Bien, bien, sigue así, no lo golpees tan fuerte- le decía el corpulento herrero a su aprendiz, un joven de pelo corto y torso musculado.- ¡Hola, Eghear! Ya tengo listo tu escudo.-dijo mientras sacaba su encargo de entre una pila de otros escudos. Era de acero con los osos dorados y cubría casi completamente el tronco del enorme herrero.- Aquí lo tienes, ¿Qué te parece?.
Se le veía orgulloso de su trabajo, y no era para menos, estaba forjado con acero traído de Ismal y oro rojo, además los grabados eran una obra de arte donde los osos parecían cobrar vida entre la espada.
- ¡Es impresionante!- exclamó asombrado- Sinceramente te has superado en este trabajo, ¿cuanto me costará?
- Por ser tú... te lo dejo a la mitad, cincuenta monedas de plata. Ten en cuenta que tiene partes de oro.- dijo Rudemar esbozando una sonrisa. 
- Estoy pensando - dijo cogiendo el escudo entre las manos y probando como le quedaba. El escudo le cubría desde la parte superior del muslo hasta el hombro, tal como se lo había pedido.- Me parece justo, aquí tienes - añadió sacando una bolsa con las cincuenta monedas.
El corpulento hombre recogió la bolsa con una sonrisa de oreja a oreja, le dio la mano a Eghear y se despidieron con un abrazo.
Al salir de la armería la lluvia parecía escampar y ya no era más que una fina llovizna. Fue directo a su tienda donde le esperaban su mayordomo y Ser Donnen, su primera espada, para cenar medio carnero asado acompañado de frutos del bosque y caldo. Aquello era un privilegio, pero era un capricho obligatorio ya que la batalla estaba cerca y nunca se sabe cual sería la última...

La mañana amanecía húmeda después de las lluvias y en el campamento la actividad era incesante, los soldados y caballeros iban de aquí para allá preparándose para el combate, atacarían el puesto avanzado de Silvanir en dos días y para entonces todo debía estar listo. La casa Vaelion formaría en el centro con sus cuatrocientos hombres, cien de ellos caballeros con lanza. Las fuerzas del ejército Ismalfarí contaban con unos quince mil soldados de a pie y cerca de seis mil caballeros pesados y ligeros. Esas eran las fuerzas al norte de las Montañas de Fuego,  lo que sería Midghar, mientras que en el sur el número ascendía hasta los cincuenta mil, todo repartido en los diferentes puntos estratégicos.
Mientras se vestía contempló su nuevo escudo con deleite, esperando que fuera al menos la mitad de resistente de lo que parecía. Salió de la tienda vestido con cota de malla, el peto de cuero, las botas, y partes ligeras de la armadura, así como su capa y su espada prendida del cinturón; pasó entre las tiendas saludando a los guerreros mientras estos afilaban sus espadas y de camino a la gran tienda del consejo militar dejó su espada a cargo de Rudemar para dejarla perfecta para el combate. Entró en la tienda; su mirada se encontró con la de Osmal, quien le miraba fijamente aun resentido por el suceso del día anterior.
- El ataque será al alba y nos dividiremos en dos grupos, el primero... - Lord Harwey mostraba la estrategia en un mapa de la zona con los ejércitos representados mediante figuras.- .... Bueno, preparaos. Tú Eghear, comandarás la caballería y cubrirás el flanco derecho después de atacar el centro del grueso de las tropas élficas - le dijo Lord Harwey mientras seguía explicando. Estuvieron largo rato discutiendo y cuando por fin salieron l sol estaba en su cenit. Eghaer se disponía a recoger su espada cuando una voz lo llamó.
- Eghear, ven.- Era el señor de Puerto Gris- Hoy estás invitado a comer conmigo, después de hacer lo que tengas que hacer ven a mi tienda.- Inmediatamente después se dio la vuelta y se alejó de allí sin darle tiempo a dar una respuesta.
Eghear recogió su espada y se la prendió de la cintura, le dio las gracias a Rudemar y  fue a la tienda del comandante. Llegó allí y cuando entró estaba la mesa lista con un pavo asado y fruteros repletos de diversas frutas. La tienda era enorme por dentro, tenía una gran cama, un espejo con una armadura al lado y varias espadas colgadas de un perchero; del sillón más grande de la tienda se levantó Lord Harwey.
- Sientate a la mesa, tenemos que hablar. - le dijo invitándolo con la mano.- Tengo temas importantes que discutir contigo, temas sobre Osmal...
Aquellas palabras le dejaron un tanto sorprendido y turbado, no sabía que pensar sobre lo que quería decirle el Lord sobre el hermano de su señor.
- Gracias. Mi señor, ¿de qué se trata? ¿ Qué sucede con Osmal Tanen? -  Preguntó intrigado al tiempo que se sentaba en una cómoda silla.

Los guerreros se preparaban presurosos para la inminente batalla en el caos del campamento antes del alba, donde la única luz era la que proyectaban las antorchas y las estrellas junto a la Luna, las cuales retrocedían en brillo ante el avance del Sol desde el Oriente.. 
En su tienda Eghear estaba casi listo, aunque la charla mantenida el día anterior con su general lo había dejado preocupado. No estaba seguro si ganarían esta batalla... . Ya preparado le dio ordenes a su mayordomo de que tuviera máxima precaución y se reunió con sus hombres que ya formaban junto a las demás tropas. Cogió a su caballo traído por un escudero y deseando buena suerte a sus soldados de a pie se dirigió a comandar la caballería. 
El ejército avanzaba a paso ligero hacia la cima de una colina, desde allí se veía el puesto avanzado de Silvanir con una guarnición de veinte mil elfos. Cuando estuvieron en la cima, Lord Harwey se adelantó junto a Osmal Tanen, Eghear y los señores de Forrërton, Maddeon, Svenkar y Dönen, iba con una armadura de acero verde y casco alado, la capa roja caía por el lomo del caballo blanco. La estamapa era magnífica, parecía sacada de las historias de los Grandes Héroes.
El Lord hizo sonar el cuerno de guerra e inmediatamente los veinte mil soldados se abalanzaron a la batalla gritando < ¡ISMAL!> y cada señor fue a su poscición frente a las tropas. El sonido de los cascos contra el suelo era ensordecedor y la tensión cada vez era mayor; Eghear desenvainó su espada y se unió al grito de guerra. En el campamento elfo los vigías hicieron sonar las campanas de aviso y sus tropas salieron apresuradamente a defender el fuerte construido con madera y piedra, ambos ejércitos chocaron en un torbellino de espadas, flechas, lanzas, sangre y miembros destrozados. Eghear asestaba tajos a sus enemigos y sus caballeros y él se abrían paso rápidamente entre los confundidos defensores, que si bien estos se defendían bastante bien el empuje de la caballería secundada por arqueros y lanceros era aplastante. 
Ser Donnen clavó su lanza en el cuerpo de un guerrero elfo y acto seguido derribó a un caballero enemigo, hacía honor a su rango de primera espada y en más de una ocasión en la refriega salvó a su señor de ataques por la espalda, una vez acabó con él y mientras se dirigía a auxiliar a Eghear de tres soldados, una flecha se le hundió en el hombro izquierdo muy cerca del corazón. Soltó un grito de dolor pero se obligó a seguir, intentó romper la flecha pero cuando se disponía a hacerlo otra más le acertó en el pecho, esta vez en el esternón, perforándole la caja torácica. Un hilo de sangre se le derramaba de los labios, no podía respirar y un golpe le derribó del caballo; aquello fue su final, una espada impactó contra su cuello y puso fin a su agonía.
Eghear no vio lo que le sucedía a su principal caballero y uno de sus mejores amigos, estaba ocupado defendiéndose de sus atacantes, de quienes por fin se había librado. Cuando vio como Osmal Tanen acababa con la vida de Lord Harwey no comprendía como había podido pasar tal cosa, como un hombre de la casa Tanen había podido matar al mayor comandante del reino. 
Seguía conmocionado cuando un grupo de elfos y hombres de Osmal le rodearon y le tiraron del caballo, se defendió como pudo y acabó con la vida de tres de ellos pero si no llega a ser por la ayuda de Forel y Guindor, dos de sus hombres, jamás hubiera salido vivo. Las tropas de su ejército estaban desconcertadas ante el repentino ataque de Osmal contra ellos y comenzaban a retroceder. Eghear saltó de nuevo a su caballo y reunió entre el caos a un grupo consistente de leales, hizo sonar su cuerno y reorganizó la caballería contra sus reconstituidos enemigos. La batalla se equilibró gracias a que los soldados ismalfaríes contaban de nuevo con un líder y solo unos pocos de los antiguos partidarios del traidor se le habían unido.
Las tropas se agruparon en bloque para cerrar los frentes abiertos por Tanen y los elfos; la caballería estaba mermada pues se quedó aislada y tuvo que abrirse camino entre sus enemigos a golpe de espada, pero gracias a ella tenían una ligera ventaja, pues como los defensores no estaban preparados para un ataque sorpresa no iban bien armados. 
- ¡Atacad al centro! - gritó Eghear Vaelion.- ¡A mi la caballería!
Emprendió el ataque a galope contra las fuerzas emergentes del puesto avanzado y despejó el camino a los lanceros y espadachines , que respaldados por los arqueros, avanzaban tras la caballería. Cerca de la puerta Eghear se encontró cara a cara con el líder de los elfos, Wolondren el Imbatido, llamado así por no perder nunca una batalla. Este desenvainó su espada de acero forjado en las fraguas de La Ciudad Sin Nombre, la ciudad más importante de los reinos de los elfos, en la cual jamás estuvieron humanos y donde se forjaban las mejores espadas y hojas de Aränwil. Wolondren cargó contra Eghear silencioso como una pluma al caer, y sus espadas se cruzaron por primera vez. Este choque había mellado la espada de Eghear ,lo que le produjo temor por el desenlace final, pero sin embargo esta vez fue él quien cargó. En el cruce de aceros la espada del elfo partió la del hombre infligiéndole un corte profundo en la mejilla que empezó a sangrar de inmediato y manchó más aun la ya sucia armadura. El elfo espoleó su montura dispuesto a asestar el golpe definitivo, cuando Eghear hizo lo mismo y justo cuando la espada le iba a rebanar el cuello saltó hacia Wolondren y lo derribó del caballo.
Ambos cayeron rodando y la espada de Wolondren cayó entre ambos, los dos se levantaron prestos a cogerla pero el elfo fue más rápido, la cogió y justo cuando se volvía haciendo un barrido, su contrincante se agachó esquivando el acero y le clavó un puñal en el muslo, lo que lo hizo arrodillarse. Eghear le arrebató la espada de las manos y con ella acabó con la vida del Imbatido. Alzando la espada gritó:
- ¡La victoria es nuestra!, ¡entremos en el fuerte!-Y aun con la espada en alto se dirigió a culminar su victoria.
Cuando los elfos vieron que su líder había muerto se desmoralizaron y este hecho lo aprovecharon los ismalfaríes para tomar el fuerte y acabar con sus enemigos.
Osmal logró escapar con algunos de sus hombres y huyó al Norte, a las tierras salvajes, donde nunca se supo más de él...

Si bien ganaron esa batalla, días más tarde un ejército mayor les atacó y venció obligándoles a aceptar la rendición , el reino Ismalfarí se fue desmoronando y Aränwil empezó a tomar la forma actual. Eghear aumentó sus tierras y su casa se convirtió en una de las más poderosas del Valle Tanen y del futuro Midghar.
La espada que ganó aquel día paso a llamarse Garra y desde entonces pasó de generación en generación hasta el joven Erland.







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