El traqueteo hizo que se despertara y sintiera un intenso dolor en la nuca que se expandía por la cabeza y le taladraba las sienes. Entre abrió los ojos y pudo ver que estaba en una jaula junto con otros hombres.
Fuera caminaban los guerreros de la Montaña con sus lanzas, espadas y hachas ensangrentadas, quienes de vez en cuando echaban una mirada desdeñosa a la jaula.
La simple visión de aquello hacía que le dieran náuseas, al intentar levantarse la cabeza le dio vueltas y cayó de nuevo al suelo de la jaula, se quedó quieto intentando recordar todo lo sucedido y averiguar por qué estaba allí.
La marcha era lenta y monótona, pero si bien el cansancio y la fatiga que sentía eran inmensos no podía dormir a causa del dolor; se llevó una mano a la cabeza y tocó el pelo cubierto de sangre seca allí donde impactó la piedra. Ahora lo recordaba, salió al patio de armas dispuesto a combatir cuando le golpearon la cabeza y vio entre sombras como Ser Ommen era atravesado. El recuerdo provocó en Erland un profundo sentimiento de pena y rabia por la muerte del caballero.
Miró a unos de los guerreros que los flanqueaban y le lanzó una mirada de profundo desprecio. Los odiaba. En ese momento echó en falta a Garra y el sentimiento de enfado creció por momentos.
Al observar a sus compañeros de jaula comprobó que solo unos pocos eran soldados, la mayoría eran sus mozos de cuadra y su cocinero; todos estaban maltrechos y uno de los caballeros sangraba por una herida del brazo. Se trataba de Roldan, un joven que hasta hacía unos meses era escudero. Había tenido suerte de no morir aquel día.
El ejército no se detenía, y a medida que avanzaban, Erland veía la devastación causada por los Señores de la Montaña a lo largo del reino; pueblos quemados, castillos humeantes, campos de cuerpos en descomposición entre estandartes rotos,...todo carente de vida.
Los otros Señores se encontraban camino de Las Gemelas, dos montañas idénticas en cuyo paso estaba la última defensa de Midghar,se trataba de una fortaleza enclavada a cada lado del paso en la montaña. Lo llamaban La Puerta, ya que para llegar a la capital, Abilon, tenías que pasar por allí, aparte en caso de guerra cerraban las compuertas hechas de acero y metales élficos, todo heredado del imperio Ismalfarí. Si los Señores de la Montaña conseguían cruzarlo todo estaría perdido. Erland jamás había estado allí pero su padre le contó que las torres que guardan La Puerta estaban incrustadas en la montaña a gran altura y en los diversos túneles excavados en la roca cabían ejércitos enteros. Si un invasor la atacara tendrían que ir en columnas de 10 hombres de ancho y los arqueros de las compuertas los barrerían.
Por ese hecho guardaba una esperanza respecto al final de la guerra, y mientras pensaba sobre ello la caravana paró bruscamente y se golpeó la cabeza contra los barrotes. Intentó ver lo que pasaba más adelante pero solo distinguía el enorme cuerpo de Oromar, Señor de Señores, con su casco de hierro y su capa de oso entre la multitud de alrededor.
De repente, un cuerno sonó entre los arboles y salieron de las sombras figuras armadas con picas y hachas, entre las figura había arqueros que derribaron a varios guerreros antes de que pudieran reaccionar. Las figuras armadas con picas y puñales iban vestidos de verde y protegidos por corazas de cuero duro y cascos de bronce con inscripciones mágicas. Se trataban de los Habitantes de Las Colinas, hombrecillos cuatro palmos más pequeños que los humanos, los cuales vivían en las colinas boscosas del extremo sur del Valle Tanen.
Los Habitantes de Las Colinas se deslizaban ágilmente entre los guerreros y los iban apuñalando uno a uno sin darles tiempo a defenderse. Entre la confusión uno de aquellos hombrecillos abrió de un golpe la jaula y dijo:
- ¡Venga vamos, corred!- dijo en tono apremiante a la vez que se giraba para defenderse de un atacante.- ¡Venga! ¿A qué esperáis?.
Los primeros en salir fueron los mozos de cuadras, seguidos por Erland, el cocinero y los caballeros. Siguieron a su rescatador a través de la refriega esquivando hachazos, flechas y estocadas lanzadas a diestro y siniestro por ambos bandos.
- ¡Aaah..!- gritó de dolor uno de los mozos a quien le había alcanzado una flecha en el costado.- ¡Ayudadme!-Sus gritos eran agónicos y desesperados.Se trataba de un joven de pelo oscuro, poco agraciado,delgado, vestido con ropas de telas bastas manchadas de barro, sangre y excrementos de caballo secos. Erland nunca se había fijado en él hasta aquel momento, e intentó acercase a ayudar, pero una mano lo agarró y lo llevó al interior del bosque.
Durante un instante su mirada se cruzó con la de Oromar, que llevaba en sus manos a Garra le miraba con odio. Sintió un escalofrío, apartó la mirada y entró en el bosque. El grupo iba por delante y tuvo que correr para alcanzarlos.
Pararon en un claro del bosque a gran distancia del sitio de la emboscada. El cuerno volvió a sonar y su salvador se levantó y se fue sin mediar palabra.
- ¿Quienes son los que nos han salvado?...¿Qué son?- Preguntó Roldan, entrecortado a causa de la marcha por el bosque.- Tal vez deberíamos huir, ¿Quién sabe que intenciones tienen ?- en su rostro se reflejaba la sospecha hacia los Habitantes de Las Colinas.
- Son los Grenn, o Habitantes de Las Colinas, y si nos han salvado deberíamos darles las gracias- gruñó Harac a su pupilo, al que miraba con el ceño fruncido. Este se quedó cabizbajo mirando al suelo.- Señor, -dijo mirando a Erland- ¿qué debemos a hacer?.
Aquella pregunta lo cogió de improviso y durante un momento no supo que responder, cuando por fin respondió:
- Esperaremos a que lleguen los Grenn y...- mientras pronunciaba las palabras fueron apareciendo los hombrecillos que los rescataron.
Ninguno parecía herido pero de entre los arboles llegaron varios de aquellos seres de piel olivácea con uno de los suyos sobre una camilla improvisada con ramas. Tenía el casco hundido allí donde le impactó la cabeza de un martillo, si bien su rostro no transmitía dolor; más bien parecía dormido plácidamente.
De entre los recién llegados salió aquel que los había ayudado a escapar de la jaula.
- Hola, me llamo Aznarkair- dijo en la lengua común de Midghar. Era un ser de nariz aguileña y facciones afiladas, pelo marrón con vetas claras y piel de color de la hierba antes de estar seca del todo. Iba con el mismo casco de bronce que llevaban los demás, vestía ropas verdes y botas de un material nunca visto por los humanos allí presentes.- Os llevaremos a nuestra ciudadela y allí os atenderemos y daremos armas para el viaje.
- ¿Qué viaje?- se aventuró a decir el cocinero.
- El de vuelta a vuestro reino- respondió otro de los Grenn con una mueca. Tenía una mirada dura y en su rostro no se le veía gran aprecio por los visitantes.
Aquello ensombreció el rostro redondo del cocinero quien durante la marcha hacia la ciudad de los Habitantes de las Colinas se mostraba taciturno.
Cuando por fin llegaron, la visión de la Ciudad Escondida dejó estupefactos a todos los humanos, los cuales jamás vieron nada igual hasta entonces. La Ciudad estaba construida con la magia del bosque, una magia ancestral que solos los hijos de la Naturaleza dominan, las puertas y muros eran de arboles entrelazados consigos mismos formando construcciones asombrosas. De entre los edificios salían las mujeres y niños de los Grenn quienes se escondían tras las faldas de sus madres al paso de los visitantes. Del edificio central se hundía en las profundidades un túnel iluminado por antorchas del cual salió un anciano de cabellos blancos, ojos hundidos en una cara arrugada por los años y vestido con una túnica verde y marrón que le llegaba a los pies descalzos. En su mirada se percibía una sabiduría inconmensurable y su presencia hizo que los presentes callaran e inclinasen la cabeza. Los únicos que se mantuvieron erguidos fueron los del grupo de Erland pero lo corrigieron rápidamente al ver a los demás.
- Vosotros, venid- dijo señalando al grupo.
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