El sabio cogió una antorcha de una de las columnas de la entrada y comenzó a descender seguido por Erland y su grupo. El túnel se internaba sin fin en la tierra y la oscuridad cada vez era mayor a medida que descendían los gastados peldaños, tan solo la luz de la antorcha mantenía a raya la densa oscuridad de su alrededor. Descendieron durante lo que para el cansado grupo parecieron horas, Erland ,hastiado,entornó los ojos cansados y siguió bajando preguntándose si alguna vez llegarían al final.
Al lo lejos en las profundidades parecía verse un resplandor, lo cual intrigó al grupo, que cada vez era más brillante. El anciano descendía calmado imperturbable ante las quejas impacientes de los humanos, una vez llegaron al origen de aquella luz dejó la antorcha a cargo de un guardia apostado a un lado de la entrada del túnel.
- Esta es la verdadera Ciudad Escondida, hogar de los Grenn. - habló el anciano mostrando la inmensa sala subterránea con su callado. - Aquí os quedareis hasta que recupereis las fuerzas y podáis volver a vuestra tierra,- les dijo, después de decir aquello comenzó a caminar enseñándoles aquel fantástico lugar- aqui podreis comer, beber y hacer lo que queráis mientras respeteis las leyes del bosque.
La Ciudad Escondida estaba a gran profundidad en el suelo del bosuqe y las raíces de los árboles más grandes y antiguos colgaban del techo de la inmensa cámara, tambien había numerosos edificios con diversas funciones, palacios, talleres, viviendas, etc... ; todo en aquel lugar desprendía una luz dorada, la iluminación de la magnífica sala provenía de unas bolas brillantes de colores entre verdes y amarillas suspendidas en la bóveda, las cuales conferían a la Ciudad un aspecto aun ,si cabe, más espectacular.
Los privilegiados humanos fueron atendidos con toda clase de lujos,los alojaron en un fastuoso palacio construido de piedra verde y roja, con columnas que llegaban al techo abovedado y con un jardín en el centro con una fuente rodeada de sauces. Mientras los días transcurrían, cada uno de los componentes del grupo se dedicó a una actividad diferente y comenzaban a convivir con los Grenn.
Erland, recorría la ciudad subterranea observando la elaborada arquitectura de los edificios, se dirigía a la forja para ver como avanzaba la creación de su armadura, escudo y espada nuevos.
El acero de los Habitantes de las Colinas no era tan bueno como el humano o el élfico, pero igualmente era resistente y con la ancestral magia del bosque, los herreros Grenn eran capaces de mejorar sus cualidades.
Por el camino iba pensando en por qué los habrían salvado, además el sabio que les acompañó hasta allí lo había reclamado en varias ocasiones en los últimos días. Inmerso en sus pensamientos, se chocó con una mujer Gren, quien lo miró enfadada mientras recgía las extrañas verduras que llevaba entre los brazos. Después de disculparse se percató de que los edificios no eran las construcciones de marmol, basalto y granito de la zona de los palacios y templetes. Estos eran de madera y ladrillo de arcilla y las ropas de los transehuntes eran de peor calidad, allí las calles eran estrechas y en los callejones había barro en el que jugaban con palos los jovenes Habitantes de las Colinas. Erland intentó volver sobre sus pasos sin conseguir orientarse, y poco a poco se le iba formando un nudo en el estómago. De vez en cuando le parecía ver una sombra siguiendolé por las callejuelas, lo cual lo intranquilizaba aun más. Intentó calmarse pensando en su hogar antes de la guerra, recordando las risas del castillo, los entrenamientos en el patio de armas con ser Ommen y las escapadas al bosque con la única compañía de su arco y su cuchillo de caza.
Estaba doblando una esquina cuando se encontró de frente con un mozo de cuadra, su nombre era Gardar, un chico de pelo ralo claro y abundantes pecas por toda la cara.
- Señor, te están buscando por toda la cuidad.- Por la mirada del joven Erland supo de que era importante.
- ¿ Para qué se me requiere?
- El sabio Grenn, quiere hablar contigo en su templo sagrado. Dice que es muy importante.
El joven señor se quedó pensativo unos instantes preguntándose la razón de aquella invitación tan urgente; ya lo descubriría, se dijo.
- Muy bien, llevame ante él. - Le repondió.
- Mi señor, si no es mucho preguntar, ¿ qué hacía por aquí?. Tenía entendido que iba a por sus armas a la forja principal.
-Quería... dar un paseo. Además no es asunto tuyo lo que hiciera por aquí.-No quería que un mozo de cuadra supiera que se había perdido y que no era capaz de encontrar el camino de vuelta.- Llevame a ver al sabio.
El diligente muchacho le guió entre las calles hasta llegar una puerta de piedra tallada que era la entrada al Consejo de Sabios; un edificio construido con piedra y árboles vivos, lo que en conjunto daban una imagen del poder de la magia del bosque. La puerta estaba guardada por dos grandes estatuas de madera de roble negro, las estatuas representaban, según le dijeron a Erland, a los primeros magos Grenn, quienes con sus poderes arcanos crearon la Ciudad Escondida. Aun impresionado por las estatuas de más de diez mil años, conservadas por encantamientos secretos, Erland cruzo la puerta y fue a encontrarse con el sabio en la cámara del Consejo. Se despidió de Gardar, quien se fue de vuelta al palacio donde se alojaban, y continuó solo mientras cruzaba el jardín de la entrada. En el había fuentes y las formas de los arboles de aquel lugar le fascinaron, era increíble como los Habitantes de las Colinas manipulaban la vida vegetal a su antojo.
Una vez en la cámara vio que tan solo estaba el anciano, nadie más. Avanzó hasta él y se quedó de pie esperando que este le dijera algo.
-Ven chico, acercate, eh de enseñarte algo- le dijo mientras de ponía de pie ayudado con un su cayado.- Hay una cosa que debo decirte y que es el motivo de haberos salvado.
- Sí, voy.- Respondió sorprendido, aquello le tomó por sorpresa y se sentía inquieto.
Avanzaron por la sala hasta llegar a un pasillo con antorchas, el cual desembocaba en una fuente rodeada de robles.
- Los Grenn siempre ha sido un pueblo que vive aparte del resto del mundo y que casi nunca interfiere en los asuntos de más allá del bosque de las Colinas a no ser por una amenaza.- El acento del anciano era cerrado, aunque Erland le escuchaba con gran atención intrigado por la razón del discurso y lograba entenderle.- Mira ya hemos llegado.
El anciano se sentó en el borde de la fuente e invitó a Erland a hacer lo mismo.
- Bueno, lo que vengo a decirte es que si en esta ocasión os hemos salvado de los bárbaros del Norte ha sido por ti.- Las palabras del sabio impactaron al joven señor, no sabía que decir y la mirada de aquellos ojos pequeños e inquisitivos le parecía como si pudiera llegarle al alma.- Tienes un función importante en toda esta guerra y en lo que vendrá después, ya que Midghar caerá al igual que todos los reinos de los hombres, solo los elfos y las criaturas del bosque y el mar estarán a salvo de la devastación que se avecina. Esta guerra es solo el principio, un preludio de lo que está por acontecer. El mundo está cambiando chico, una fuerza oscura acecha Aränwil, antiguos demonios resurgirán y nadie estará a salvo cuando ese día llegue. Tú y los que quieran acompañarte deberéis luchar contra ello, el mal está donde menos te lo esperas y las consecuencias de su victoria no son las que te imaginas, ya está cerca de cumplir su objetivo.
Puedes irte, piensa en lo que te he dicho, busca a los elfos, ellos tendrán la respuesta y el poder para vencer a lo que se avecina. Esta guerra no es solo mágica, también vendrán ejércitos oscuros de criaturas malignas a las que hay que derrotar para conservar la paz. Los antiguos magos del bosque ya lo vaticinaron, solo la unión de las Altas Razas de Aränwil podrá salvarnos de la Sombra.
Erland, mudo como estaba por la palabras del sabio hombrecillo, no pudo más que volver a su alojamiento tras haberlo despedido el Grenn. Aquellas palabras le pesaban en su interior como un saco cargado a la espalda; tenían una profundidad que no había asimilado un, pero sabía que algo muy importante y peligroso estaba apunto de pasar, algo muchísimo peor que aquella invasión de los montañeses. Cuando llegó se dirigió a su cuarto sin mediar palabra con nadie, tan solo quería dormir y descansar la mente, demasiadas cosas en tan poco tiempo, demasiado por encajar, primero la muerte de su padre en batalla, la de ser Ommen, la profecía, etc... . Nada más entrar en su cuarto se tiró de cualquier manera en la cama, sin importarle las ropas ni las botas que aun llevaba puestas, tan solo deseaba dormir. Poco a poco se sumió en un plácido sueño que lo iba envolviendo cálidamente como una manta, despacio se sumergía en un mar de oscuridad calma, ajeno al mundo real...
Translate
jueves, 31 de octubre de 2013
viernes, 4 de octubre de 2013
Crónicas I
En este apartado viene como ,en la época del reino Ismalfarí, la espada Garra llegó a manos de la casa Vaelion.
En aquel tiempo el reino ocupaba toda Aränwil sur exceptuando los territorios elfos, contra quienes se los disputaba. La guerra llevaba ya diez largos años y los ismalfaríes perdían terreno poco a poco...
La lluvia caía sobre el campamento fría y pesada. Caía desde hacía varios días e iba haciendo mella en el ánimo de las tropas y los caminos del campo base, donde los carriles se habían convertido en lodazales.
- Hay que atacar ya, si no nos veremos envueltos entre dos ejércitos- explicaba Lord Harwey de Puerto Gris, el comandante del ejército real. Un hombre canoso con gran experiencia en combate, que gracias a su mando en la guerra se formó el imperio de Ismal-, es la única manera de salir victoriosos en esta batalla.- se le notaba el agotamiento en la voz, en los años que llevaban de campaña pocas habían sido las victorias del reino contra sus enemigos los elfos.
- No podemos arriesgarnos a dejar el campamento desprotegido, eso sería casi un suicidio- el que hablaba era Osmal Tanen.
La sala estaba dividida, unos apoyaban Lord Harwey en su idea de atacar y otros a Osmal, solo quedaba por hablar Eghear Vaelion, señor de Montenevado y vasallo de los Tanen. Quién se ganó el hueco en el consejo por su arrojo en batalla y las victorias logradas
- Yo a pesar de servir a la familia Tanen, apoyo la idea de Lord Harwey. Es la única manera de volver las tornas de la guerra.
Osmal soltó un bufido y salió de la tienda a paso ligero seguido por sus partidarios, a la vez Eghear se preguntaba si habría hecho bien al desafiar tan abiertamente al hermano de su señor.
Cuando acabaron de decidir la estrategia salieron al lodazal que era el centro del campamento. Cada uno se fue a su respectiva tienda, todos menos Eghear, el cual se dirigió a la armería a por su escudo nuevo con su emblema grabado, una espada vertical entre dos osos. Allí había multitud de hombres con sus corazas hablando de armas, batallas y diversas cosas. Encontró al herrero en la fragua dando instrucciones a su aprendiz.
-Bien, bien, sigue así, no lo golpees tan fuerte- le decía el corpulento herrero a su aprendiz, un joven de pelo corto y torso musculado.- ¡Hola, Eghear! Ya tengo listo tu escudo.-dijo mientras sacaba su encargo de entre una pila de otros escudos. Era de acero con los osos dorados y cubría casi completamente el tronco del enorme herrero.- Aquí lo tienes, ¿Qué te parece?.
Se le veía orgulloso de su trabajo, y no era para menos, estaba forjado con acero traído de Ismal y oro rojo, además los grabados eran una obra de arte donde los osos parecían cobrar vida entre la espada.
- ¡Es impresionante!- exclamó asombrado- Sinceramente te has superado en este trabajo, ¿cuanto me costará?
- Por ser tú... te lo dejo a la mitad, cincuenta monedas de plata. Ten en cuenta que tiene partes de oro.- dijo Rudemar esbozando una sonrisa.
- Estoy pensando - dijo cogiendo el escudo entre las manos y probando como le quedaba. El escudo le cubría desde la parte superior del muslo hasta el hombro, tal como se lo había pedido.- Me parece justo, aquí tienes - añadió sacando una bolsa con las cincuenta monedas.
El corpulento hombre recogió la bolsa con una sonrisa de oreja a oreja, le dio la mano a Eghear y se despidieron con un abrazo.
Al salir de la armería la lluvia parecía escampar y ya no era más que una fina llovizna. Fue directo a su tienda donde le esperaban su mayordomo y Ser Donnen, su primera espada, para cenar medio carnero asado acompañado de frutos del bosque y caldo. Aquello era un privilegio, pero era un capricho obligatorio ya que la batalla estaba cerca y nunca se sabe cual sería la última...
La mañana amanecía húmeda después de las lluvias y en el campamento la actividad era incesante, los soldados y caballeros iban de aquí para allá preparándose para el combate, atacarían el puesto avanzado de Silvanir en dos días y para entonces todo debía estar listo. La casa Vaelion formaría en el centro con sus cuatrocientos hombres, cien de ellos caballeros con lanza. Las fuerzas del ejército Ismalfarí contaban con unos quince mil soldados de a pie y cerca de seis mil caballeros pesados y ligeros. Esas eran las fuerzas al norte de las Montañas de Fuego, lo que sería Midghar, mientras que en el sur el número ascendía hasta los cincuenta mil, todo repartido en los diferentes puntos estratégicos.
Mientras se vestía contempló su nuevo escudo con deleite, esperando que fuera al menos la mitad de resistente de lo que parecía. Salió de la tienda vestido con cota de malla, el peto de cuero, las botas, y partes ligeras de la armadura, así como su capa y su espada prendida del cinturón; pasó entre las tiendas saludando a los guerreros mientras estos afilaban sus espadas y de camino a la gran tienda del consejo militar dejó su espada a cargo de Rudemar para dejarla perfecta para el combate. Entró en la tienda; su mirada se encontró con la de Osmal, quien le miraba fijamente aun resentido por el suceso del día anterior.
- El ataque será al alba y nos dividiremos en dos grupos, el primero... - Lord Harwey mostraba la estrategia en un mapa de la zona con los ejércitos representados mediante figuras.- .... Bueno, preparaos. Tú Eghear, comandarás la caballería y cubrirás el flanco derecho después de atacar el centro del grueso de las tropas élficas - le dijo Lord Harwey mientras seguía explicando. Estuvieron largo rato discutiendo y cuando por fin salieron l sol estaba en su cenit. Eghaer se disponía a recoger su espada cuando una voz lo llamó.
- Eghear, ven.- Era el señor de Puerto Gris- Hoy estás invitado a comer conmigo, después de hacer lo que tengas que hacer ven a mi tienda.- Inmediatamente después se dio la vuelta y se alejó de allí sin darle tiempo a dar una respuesta.
Eghear recogió su espada y se la prendió de la cintura, le dio las gracias a Rudemar y fue a la tienda del comandante. Llegó allí y cuando entró estaba la mesa lista con un pavo asado y fruteros repletos de diversas frutas. La tienda era enorme por dentro, tenía una gran cama, un espejo con una armadura al lado y varias espadas colgadas de un perchero; del sillón más grande de la tienda se levantó Lord Harwey.
- Sientate a la mesa, tenemos que hablar. - le dijo invitándolo con la mano.- Tengo temas importantes que discutir contigo, temas sobre Osmal...
Aquellas palabras le dejaron un tanto sorprendido y turbado, no sabía que pensar sobre lo que quería decirle el Lord sobre el hermano de su señor.
- Gracias. Mi señor, ¿de qué se trata? ¿ Qué sucede con Osmal Tanen? - Preguntó intrigado al tiempo que se sentaba en una cómoda silla.
Los guerreros se preparaban presurosos para la inminente batalla en el caos del campamento antes del alba, donde la única luz era la que proyectaban las antorchas y las estrellas junto a la Luna, las cuales retrocedían en brillo ante el avance del Sol desde el Oriente..
En su tienda Eghear estaba casi listo, aunque la charla mantenida el día anterior con su general lo había dejado preocupado. No estaba seguro si ganarían esta batalla... . Ya preparado le dio ordenes a su mayordomo de que tuviera máxima precaución y se reunió con sus hombres que ya formaban junto a las demás tropas. Cogió a su caballo traído por un escudero y deseando buena suerte a sus soldados de a pie se dirigió a comandar la caballería.
El ejército avanzaba a paso ligero hacia la cima de una colina, desde allí se veía el puesto avanzado de Silvanir con una guarnición de veinte mil elfos. Cuando estuvieron en la cima, Lord Harwey se adelantó junto a Osmal Tanen, Eghear y los señores de Forrërton, Maddeon, Svenkar y Dönen, iba con una armadura de acero verde y casco alado, la capa roja caía por el lomo del caballo blanco. La estamapa era magnífica, parecía sacada de las historias de los Grandes Héroes.
El Lord hizo sonar el cuerno de guerra e inmediatamente los veinte mil soldados se abalanzaron a la batalla gritando < ¡ISMAL!> y cada señor fue a su poscición frente a las tropas. El sonido de los cascos contra el suelo era ensordecedor y la tensión cada vez era mayor; Eghear desenvainó su espada y se unió al grito de guerra. En el campamento elfo los vigías hicieron sonar las campanas de aviso y sus tropas salieron apresuradamente a defender el fuerte construido con madera y piedra, ambos ejércitos chocaron en un torbellino de espadas, flechas, lanzas, sangre y miembros destrozados. Eghear asestaba tajos a sus enemigos y sus caballeros y él se abrían paso rápidamente entre los confundidos defensores, que si bien estos se defendían bastante bien el empuje de la caballería secundada por arqueros y lanceros era aplastante.
Ser Donnen clavó su lanza en el cuerpo de un guerrero elfo y acto seguido derribó a un caballero enemigo, hacía honor a su rango de primera espada y en más de una ocasión en la refriega salvó a su señor de ataques por la espalda, una vez acabó con él y mientras se dirigía a auxiliar a Eghear de tres soldados, una flecha se le hundió en el hombro izquierdo muy cerca del corazón. Soltó un grito de dolor pero se obligó a seguir, intentó romper la flecha pero cuando se disponía a hacerlo otra más le acertó en el pecho, esta vez en el esternón, perforándole la caja torácica. Un hilo de sangre se le derramaba de los labios, no podía respirar y un golpe le derribó del caballo; aquello fue su final, una espada impactó contra su cuello y puso fin a su agonía.
Eghear no vio lo que le sucedía a su principal caballero y uno de sus mejores amigos, estaba ocupado defendiéndose de sus atacantes, de quienes por fin se había librado. Cuando vio como Osmal Tanen acababa con la vida de Lord Harwey no comprendía como había podido pasar tal cosa, como un hombre de la casa Tanen había podido matar al mayor comandante del reino.
Seguía conmocionado cuando un grupo de elfos y hombres de Osmal le rodearon y le tiraron del caballo, se defendió como pudo y acabó con la vida de tres de ellos pero si no llega a ser por la ayuda de Forel y Guindor, dos de sus hombres, jamás hubiera salido vivo. Las tropas de su ejército estaban desconcertadas ante el repentino ataque de Osmal contra ellos y comenzaban a retroceder. Eghear saltó de nuevo a su caballo y reunió entre el caos a un grupo consistente de leales, hizo sonar su cuerno y reorganizó la caballería contra sus reconstituidos enemigos. La batalla se equilibró gracias a que los soldados ismalfaríes contaban de nuevo con un líder y solo unos pocos de los antiguos partidarios del traidor se le habían unido.
Las tropas se agruparon en bloque para cerrar los frentes abiertos por Tanen y los elfos; la caballería estaba mermada pues se quedó aislada y tuvo que abrirse camino entre sus enemigos a golpe de espada, pero gracias a ella tenían una ligera ventaja, pues como los defensores no estaban preparados para un ataque sorpresa no iban bien armados.
- ¡Atacad al centro! - gritó Eghear Vaelion.- ¡A mi la caballería!
Emprendió el ataque a galope contra las fuerzas emergentes del puesto avanzado y despejó el camino a los lanceros y espadachines , que respaldados por los arqueros, avanzaban tras la caballería. Cerca de la puerta Eghear se encontró cara a cara con el líder de los elfos, Wolondren el Imbatido, llamado así por no perder nunca una batalla. Este desenvainó su espada de acero forjado en las fraguas de La Ciudad Sin Nombre, la ciudad más importante de los reinos de los elfos, en la cual jamás estuvieron humanos y donde se forjaban las mejores espadas y hojas de Aränwil. Wolondren cargó contra Eghear silencioso como una pluma al caer, y sus espadas se cruzaron por primera vez. Este choque había mellado la espada de Eghear ,lo que le produjo temor por el desenlace final, pero sin embargo esta vez fue él quien cargó. En el cruce de aceros la espada del elfo partió la del hombre infligiéndole un corte profundo en la mejilla que empezó a sangrar de inmediato y manchó más aun la ya sucia armadura. El elfo espoleó su montura dispuesto a asestar el golpe definitivo, cuando Eghear hizo lo mismo y justo cuando la espada le iba a rebanar el cuello saltó hacia Wolondren y lo derribó del caballo.
Ambos cayeron rodando y la espada de Wolondren cayó entre ambos, los dos se levantaron prestos a cogerla pero el elfo fue más rápido, la cogió y justo cuando se volvía haciendo un barrido, su contrincante se agachó esquivando el acero y le clavó un puñal en el muslo, lo que lo hizo arrodillarse. Eghear le arrebató la espada de las manos y con ella acabó con la vida del Imbatido. Alzando la espada gritó:
- ¡La victoria es nuestra!, ¡entremos en el fuerte!-Y aun con la espada en alto se dirigió a culminar su victoria.
Cuando los elfos vieron que su líder había muerto se desmoralizaron y este hecho lo aprovecharon los ismalfaríes para tomar el fuerte y acabar con sus enemigos.
Osmal logró escapar con algunos de sus hombres y huyó al Norte, a las tierras salvajes, donde nunca se supo más de él...
Si bien ganaron esa batalla, días más tarde un ejército mayor les atacó y venció obligándoles a aceptar la rendición , el reino Ismalfarí se fue desmoronando y Aränwil empezó a tomar la forma actual. Eghear aumentó sus tierras y su casa se convirtió en una de las más poderosas del Valle Tanen y del futuro Midghar.
La espada que ganó aquel día paso a llamarse Garra y desde entonces pasó de generación en generación hasta el joven Erland.
En aquel tiempo el reino ocupaba toda Aränwil sur exceptuando los territorios elfos, contra quienes se los disputaba. La guerra llevaba ya diez largos años y los ismalfaríes perdían terreno poco a poco...
La lluvia caía sobre el campamento fría y pesada. Caía desde hacía varios días e iba haciendo mella en el ánimo de las tropas y los caminos del campo base, donde los carriles se habían convertido en lodazales.
- Hay que atacar ya, si no nos veremos envueltos entre dos ejércitos- explicaba Lord Harwey de Puerto Gris, el comandante del ejército real. Un hombre canoso con gran experiencia en combate, que gracias a su mando en la guerra se formó el imperio de Ismal-, es la única manera de salir victoriosos en esta batalla.- se le notaba el agotamiento en la voz, en los años que llevaban de campaña pocas habían sido las victorias del reino contra sus enemigos los elfos.
- No podemos arriesgarnos a dejar el campamento desprotegido, eso sería casi un suicidio- el que hablaba era Osmal Tanen.
La sala estaba dividida, unos apoyaban Lord Harwey en su idea de atacar y otros a Osmal, solo quedaba por hablar Eghear Vaelion, señor de Montenevado y vasallo de los Tanen. Quién se ganó el hueco en el consejo por su arrojo en batalla y las victorias logradas
- Yo a pesar de servir a la familia Tanen, apoyo la idea de Lord Harwey. Es la única manera de volver las tornas de la guerra.
Osmal soltó un bufido y salió de la tienda a paso ligero seguido por sus partidarios, a la vez Eghear se preguntaba si habría hecho bien al desafiar tan abiertamente al hermano de su señor.
Cuando acabaron de decidir la estrategia salieron al lodazal que era el centro del campamento. Cada uno se fue a su respectiva tienda, todos menos Eghear, el cual se dirigió a la armería a por su escudo nuevo con su emblema grabado, una espada vertical entre dos osos. Allí había multitud de hombres con sus corazas hablando de armas, batallas y diversas cosas. Encontró al herrero en la fragua dando instrucciones a su aprendiz.
-Bien, bien, sigue así, no lo golpees tan fuerte- le decía el corpulento herrero a su aprendiz, un joven de pelo corto y torso musculado.- ¡Hola, Eghear! Ya tengo listo tu escudo.-dijo mientras sacaba su encargo de entre una pila de otros escudos. Era de acero con los osos dorados y cubría casi completamente el tronco del enorme herrero.- Aquí lo tienes, ¿Qué te parece?.
Se le veía orgulloso de su trabajo, y no era para menos, estaba forjado con acero traído de Ismal y oro rojo, además los grabados eran una obra de arte donde los osos parecían cobrar vida entre la espada.
- ¡Es impresionante!- exclamó asombrado- Sinceramente te has superado en este trabajo, ¿cuanto me costará?
- Por ser tú... te lo dejo a la mitad, cincuenta monedas de plata. Ten en cuenta que tiene partes de oro.- dijo Rudemar esbozando una sonrisa.
- Estoy pensando - dijo cogiendo el escudo entre las manos y probando como le quedaba. El escudo le cubría desde la parte superior del muslo hasta el hombro, tal como se lo había pedido.- Me parece justo, aquí tienes - añadió sacando una bolsa con las cincuenta monedas.
El corpulento hombre recogió la bolsa con una sonrisa de oreja a oreja, le dio la mano a Eghear y se despidieron con un abrazo.
Al salir de la armería la lluvia parecía escampar y ya no era más que una fina llovizna. Fue directo a su tienda donde le esperaban su mayordomo y Ser Donnen, su primera espada, para cenar medio carnero asado acompañado de frutos del bosque y caldo. Aquello era un privilegio, pero era un capricho obligatorio ya que la batalla estaba cerca y nunca se sabe cual sería la última...
La mañana amanecía húmeda después de las lluvias y en el campamento la actividad era incesante, los soldados y caballeros iban de aquí para allá preparándose para el combate, atacarían el puesto avanzado de Silvanir en dos días y para entonces todo debía estar listo. La casa Vaelion formaría en el centro con sus cuatrocientos hombres, cien de ellos caballeros con lanza. Las fuerzas del ejército Ismalfarí contaban con unos quince mil soldados de a pie y cerca de seis mil caballeros pesados y ligeros. Esas eran las fuerzas al norte de las Montañas de Fuego, lo que sería Midghar, mientras que en el sur el número ascendía hasta los cincuenta mil, todo repartido en los diferentes puntos estratégicos.
Mientras se vestía contempló su nuevo escudo con deleite, esperando que fuera al menos la mitad de resistente de lo que parecía. Salió de la tienda vestido con cota de malla, el peto de cuero, las botas, y partes ligeras de la armadura, así como su capa y su espada prendida del cinturón; pasó entre las tiendas saludando a los guerreros mientras estos afilaban sus espadas y de camino a la gran tienda del consejo militar dejó su espada a cargo de Rudemar para dejarla perfecta para el combate. Entró en la tienda; su mirada se encontró con la de Osmal, quien le miraba fijamente aun resentido por el suceso del día anterior.
- El ataque será al alba y nos dividiremos en dos grupos, el primero... - Lord Harwey mostraba la estrategia en un mapa de la zona con los ejércitos representados mediante figuras.- .... Bueno, preparaos. Tú Eghear, comandarás la caballería y cubrirás el flanco derecho después de atacar el centro del grueso de las tropas élficas - le dijo Lord Harwey mientras seguía explicando. Estuvieron largo rato discutiendo y cuando por fin salieron l sol estaba en su cenit. Eghaer se disponía a recoger su espada cuando una voz lo llamó.
- Eghear, ven.- Era el señor de Puerto Gris- Hoy estás invitado a comer conmigo, después de hacer lo que tengas que hacer ven a mi tienda.- Inmediatamente después se dio la vuelta y se alejó de allí sin darle tiempo a dar una respuesta.
Eghear recogió su espada y se la prendió de la cintura, le dio las gracias a Rudemar y fue a la tienda del comandante. Llegó allí y cuando entró estaba la mesa lista con un pavo asado y fruteros repletos de diversas frutas. La tienda era enorme por dentro, tenía una gran cama, un espejo con una armadura al lado y varias espadas colgadas de un perchero; del sillón más grande de la tienda se levantó Lord Harwey.
- Sientate a la mesa, tenemos que hablar. - le dijo invitándolo con la mano.- Tengo temas importantes que discutir contigo, temas sobre Osmal...
Aquellas palabras le dejaron un tanto sorprendido y turbado, no sabía que pensar sobre lo que quería decirle el Lord sobre el hermano de su señor.
- Gracias. Mi señor, ¿de qué se trata? ¿ Qué sucede con Osmal Tanen? - Preguntó intrigado al tiempo que se sentaba en una cómoda silla.
Los guerreros se preparaban presurosos para la inminente batalla en el caos del campamento antes del alba, donde la única luz era la que proyectaban las antorchas y las estrellas junto a la Luna, las cuales retrocedían en brillo ante el avance del Sol desde el Oriente..
En su tienda Eghear estaba casi listo, aunque la charla mantenida el día anterior con su general lo había dejado preocupado. No estaba seguro si ganarían esta batalla... . Ya preparado le dio ordenes a su mayordomo de que tuviera máxima precaución y se reunió con sus hombres que ya formaban junto a las demás tropas. Cogió a su caballo traído por un escudero y deseando buena suerte a sus soldados de a pie se dirigió a comandar la caballería.
El ejército avanzaba a paso ligero hacia la cima de una colina, desde allí se veía el puesto avanzado de Silvanir con una guarnición de veinte mil elfos. Cuando estuvieron en la cima, Lord Harwey se adelantó junto a Osmal Tanen, Eghear y los señores de Forrërton, Maddeon, Svenkar y Dönen, iba con una armadura de acero verde y casco alado, la capa roja caía por el lomo del caballo blanco. La estamapa era magnífica, parecía sacada de las historias de los Grandes Héroes.
El Lord hizo sonar el cuerno de guerra e inmediatamente los veinte mil soldados se abalanzaron a la batalla gritando < ¡ISMAL!> y cada señor fue a su poscición frente a las tropas. El sonido de los cascos contra el suelo era ensordecedor y la tensión cada vez era mayor; Eghear desenvainó su espada y se unió al grito de guerra. En el campamento elfo los vigías hicieron sonar las campanas de aviso y sus tropas salieron apresuradamente a defender el fuerte construido con madera y piedra, ambos ejércitos chocaron en un torbellino de espadas, flechas, lanzas, sangre y miembros destrozados. Eghear asestaba tajos a sus enemigos y sus caballeros y él se abrían paso rápidamente entre los confundidos defensores, que si bien estos se defendían bastante bien el empuje de la caballería secundada por arqueros y lanceros era aplastante.
Ser Donnen clavó su lanza en el cuerpo de un guerrero elfo y acto seguido derribó a un caballero enemigo, hacía honor a su rango de primera espada y en más de una ocasión en la refriega salvó a su señor de ataques por la espalda, una vez acabó con él y mientras se dirigía a auxiliar a Eghear de tres soldados, una flecha se le hundió en el hombro izquierdo muy cerca del corazón. Soltó un grito de dolor pero se obligó a seguir, intentó romper la flecha pero cuando se disponía a hacerlo otra más le acertó en el pecho, esta vez en el esternón, perforándole la caja torácica. Un hilo de sangre se le derramaba de los labios, no podía respirar y un golpe le derribó del caballo; aquello fue su final, una espada impactó contra su cuello y puso fin a su agonía.
Eghear no vio lo que le sucedía a su principal caballero y uno de sus mejores amigos, estaba ocupado defendiéndose de sus atacantes, de quienes por fin se había librado. Cuando vio como Osmal Tanen acababa con la vida de Lord Harwey no comprendía como había podido pasar tal cosa, como un hombre de la casa Tanen había podido matar al mayor comandante del reino.
Seguía conmocionado cuando un grupo de elfos y hombres de Osmal le rodearon y le tiraron del caballo, se defendió como pudo y acabó con la vida de tres de ellos pero si no llega a ser por la ayuda de Forel y Guindor, dos de sus hombres, jamás hubiera salido vivo. Las tropas de su ejército estaban desconcertadas ante el repentino ataque de Osmal contra ellos y comenzaban a retroceder. Eghear saltó de nuevo a su caballo y reunió entre el caos a un grupo consistente de leales, hizo sonar su cuerno y reorganizó la caballería contra sus reconstituidos enemigos. La batalla se equilibró gracias a que los soldados ismalfaríes contaban de nuevo con un líder y solo unos pocos de los antiguos partidarios del traidor se le habían unido.
Las tropas se agruparon en bloque para cerrar los frentes abiertos por Tanen y los elfos; la caballería estaba mermada pues se quedó aislada y tuvo que abrirse camino entre sus enemigos a golpe de espada, pero gracias a ella tenían una ligera ventaja, pues como los defensores no estaban preparados para un ataque sorpresa no iban bien armados.
- ¡Atacad al centro! - gritó Eghear Vaelion.- ¡A mi la caballería!
Emprendió el ataque a galope contra las fuerzas emergentes del puesto avanzado y despejó el camino a los lanceros y espadachines , que respaldados por los arqueros, avanzaban tras la caballería. Cerca de la puerta Eghear se encontró cara a cara con el líder de los elfos, Wolondren el Imbatido, llamado así por no perder nunca una batalla. Este desenvainó su espada de acero forjado en las fraguas de La Ciudad Sin Nombre, la ciudad más importante de los reinos de los elfos, en la cual jamás estuvieron humanos y donde se forjaban las mejores espadas y hojas de Aränwil. Wolondren cargó contra Eghear silencioso como una pluma al caer, y sus espadas se cruzaron por primera vez. Este choque había mellado la espada de Eghear ,lo que le produjo temor por el desenlace final, pero sin embargo esta vez fue él quien cargó. En el cruce de aceros la espada del elfo partió la del hombre infligiéndole un corte profundo en la mejilla que empezó a sangrar de inmediato y manchó más aun la ya sucia armadura. El elfo espoleó su montura dispuesto a asestar el golpe definitivo, cuando Eghear hizo lo mismo y justo cuando la espada le iba a rebanar el cuello saltó hacia Wolondren y lo derribó del caballo.
Ambos cayeron rodando y la espada de Wolondren cayó entre ambos, los dos se levantaron prestos a cogerla pero el elfo fue más rápido, la cogió y justo cuando se volvía haciendo un barrido, su contrincante se agachó esquivando el acero y le clavó un puñal en el muslo, lo que lo hizo arrodillarse. Eghear le arrebató la espada de las manos y con ella acabó con la vida del Imbatido. Alzando la espada gritó:
- ¡La victoria es nuestra!, ¡entremos en el fuerte!-Y aun con la espada en alto se dirigió a culminar su victoria.
Cuando los elfos vieron que su líder había muerto se desmoralizaron y este hecho lo aprovecharon los ismalfaríes para tomar el fuerte y acabar con sus enemigos.
Osmal logró escapar con algunos de sus hombres y huyó al Norte, a las tierras salvajes, donde nunca se supo más de él...
Si bien ganaron esa batalla, días más tarde un ejército mayor les atacó y venció obligándoles a aceptar la rendición , el reino Ismalfarí se fue desmoronando y Aränwil empezó a tomar la forma actual. Eghear aumentó sus tierras y su casa se convirtió en una de las más poderosas del Valle Tanen y del futuro Midghar.
La espada que ganó aquel día paso a llamarse Garra y desde entonces pasó de generación en generación hasta el joven Erland.
martes, 1 de octubre de 2013
Capítulo 2
El traqueteo hizo que se despertara y sintiera un intenso dolor en la nuca que se expandía por la cabeza y le taladraba las sienes. Entre abrió los ojos y pudo ver que estaba en una jaula junto con otros hombres.
Fuera caminaban los guerreros de la Montaña con sus lanzas, espadas y hachas ensangrentadas, quienes de vez en cuando echaban una mirada desdeñosa a la jaula.
La simple visión de aquello hacía que le dieran náuseas, al intentar levantarse la cabeza le dio vueltas y cayó de nuevo al suelo de la jaula, se quedó quieto intentando recordar todo lo sucedido y averiguar por qué estaba allí.
La marcha era lenta y monótona, pero si bien el cansancio y la fatiga que sentía eran inmensos no podía dormir a causa del dolor; se llevó una mano a la cabeza y tocó el pelo cubierto de sangre seca allí donde impactó la piedra. Ahora lo recordaba, salió al patio de armas dispuesto a combatir cuando le golpearon la cabeza y vio entre sombras como Ser Ommen era atravesado. El recuerdo provocó en Erland un profundo sentimiento de pena y rabia por la muerte del caballero.
Miró a unos de los guerreros que los flanqueaban y le lanzó una mirada de profundo desprecio. Los odiaba. En ese momento echó en falta a Garra y el sentimiento de enfado creció por momentos.
Al observar a sus compañeros de jaula comprobó que solo unos pocos eran soldados, la mayoría eran sus mozos de cuadra y su cocinero; todos estaban maltrechos y uno de los caballeros sangraba por una herida del brazo. Se trataba de Roldan, un joven que hasta hacía unos meses era escudero. Había tenido suerte de no morir aquel día.
El ejército no se detenía, y a medida que avanzaban, Erland veía la devastación causada por los Señores de la Montaña a lo largo del reino; pueblos quemados, castillos humeantes, campos de cuerpos en descomposición entre estandartes rotos,...todo carente de vida.
Los otros Señores se encontraban camino de Las Gemelas, dos montañas idénticas en cuyo paso estaba la última defensa de Midghar,se trataba de una fortaleza enclavada a cada lado del paso en la montaña. Lo llamaban La Puerta, ya que para llegar a la capital, Abilon, tenías que pasar por allí, aparte en caso de guerra cerraban las compuertas hechas de acero y metales élficos, todo heredado del imperio Ismalfarí. Si los Señores de la Montaña conseguían cruzarlo todo estaría perdido. Erland jamás había estado allí pero su padre le contó que las torres que guardan La Puerta estaban incrustadas en la montaña a gran altura y en los diversos túneles excavados en la roca cabían ejércitos enteros. Si un invasor la atacara tendrían que ir en columnas de 10 hombres de ancho y los arqueros de las compuertas los barrerían.
Por ese hecho guardaba una esperanza respecto al final de la guerra, y mientras pensaba sobre ello la caravana paró bruscamente y se golpeó la cabeza contra los barrotes. Intentó ver lo que pasaba más adelante pero solo distinguía el enorme cuerpo de Oromar, Señor de Señores, con su casco de hierro y su capa de oso entre la multitud de alrededor.
De repente, un cuerno sonó entre los arboles y salieron de las sombras figuras armadas con picas y hachas, entre las figura había arqueros que derribaron a varios guerreros antes de que pudieran reaccionar. Las figuras armadas con picas y puñales iban vestidos de verde y protegidos por corazas de cuero duro y cascos de bronce con inscripciones mágicas. Se trataban de los Habitantes de Las Colinas, hombrecillos cuatro palmos más pequeños que los humanos, los cuales vivían en las colinas boscosas del extremo sur del Valle Tanen.
Los Habitantes de Las Colinas se deslizaban ágilmente entre los guerreros y los iban apuñalando uno a uno sin darles tiempo a defenderse. Entre la confusión uno de aquellos hombrecillos abrió de un golpe la jaula y dijo:
- ¡Venga vamos, corred!- dijo en tono apremiante a la vez que se giraba para defenderse de un atacante.- ¡Venga! ¿A qué esperáis?.
Los primeros en salir fueron los mozos de cuadras, seguidos por Erland, el cocinero y los caballeros. Siguieron a su rescatador a través de la refriega esquivando hachazos, flechas y estocadas lanzadas a diestro y siniestro por ambos bandos.
- ¡Aaah..!- gritó de dolor uno de los mozos a quien le había alcanzado una flecha en el costado.- ¡Ayudadme!-Sus gritos eran agónicos y desesperados.Se trataba de un joven de pelo oscuro, poco agraciado,delgado, vestido con ropas de telas bastas manchadas de barro, sangre y excrementos de caballo secos. Erland nunca se había fijado en él hasta aquel momento, e intentó acercase a ayudar, pero una mano lo agarró y lo llevó al interior del bosque.
Durante un instante su mirada se cruzó con la de Oromar, que llevaba en sus manos a Garra le miraba con odio. Sintió un escalofrío, apartó la mirada y entró en el bosque. El grupo iba por delante y tuvo que correr para alcanzarlos.
Pararon en un claro del bosque a gran distancia del sitio de la emboscada. El cuerno volvió a sonar y su salvador se levantó y se fue sin mediar palabra.
- ¿Quienes son los que nos han salvado?...¿Qué son?- Preguntó Roldan, entrecortado a causa de la marcha por el bosque.- Tal vez deberíamos huir, ¿Quién sabe que intenciones tienen ?- en su rostro se reflejaba la sospecha hacia los Habitantes de Las Colinas.
- Son los Grenn, o Habitantes de Las Colinas, y si nos han salvado deberíamos darles las gracias- gruñó Harac a su pupilo, al que miraba con el ceño fruncido. Este se quedó cabizbajo mirando al suelo.- Señor, -dijo mirando a Erland- ¿qué debemos a hacer?.
Aquella pregunta lo cogió de improviso y durante un momento no supo que responder, cuando por fin respondió:
- Esperaremos a que lleguen los Grenn y...- mientras pronunciaba las palabras fueron apareciendo los hombrecillos que los rescataron.
Ninguno parecía herido pero de entre los arboles llegaron varios de aquellos seres de piel olivácea con uno de los suyos sobre una camilla improvisada con ramas. Tenía el casco hundido allí donde le impactó la cabeza de un martillo, si bien su rostro no transmitía dolor; más bien parecía dormido plácidamente.
De entre los recién llegados salió aquel que los había ayudado a escapar de la jaula.
- Hola, me llamo Aznarkair- dijo en la lengua común de Midghar. Era un ser de nariz aguileña y facciones afiladas, pelo marrón con vetas claras y piel de color de la hierba antes de estar seca del todo. Iba con el mismo casco de bronce que llevaban los demás, vestía ropas verdes y botas de un material nunca visto por los humanos allí presentes.- Os llevaremos a nuestra ciudadela y allí os atenderemos y daremos armas para el viaje.
- ¿Qué viaje?- se aventuró a decir el cocinero.
- El de vuelta a vuestro reino- respondió otro de los Grenn con una mueca. Tenía una mirada dura y en su rostro no se le veía gran aprecio por los visitantes.
Aquello ensombreció el rostro redondo del cocinero quien durante la marcha hacia la ciudad de los Habitantes de las Colinas se mostraba taciturno.
Cuando por fin llegaron, la visión de la Ciudad Escondida dejó estupefactos a todos los humanos, los cuales jamás vieron nada igual hasta entonces. La Ciudad estaba construida con la magia del bosque, una magia ancestral que solos los hijos de la Naturaleza dominan, las puertas y muros eran de arboles entrelazados consigos mismos formando construcciones asombrosas. De entre los edificios salían las mujeres y niños de los Grenn quienes se escondían tras las faldas de sus madres al paso de los visitantes. Del edificio central se hundía en las profundidades un túnel iluminado por antorchas del cual salió un anciano de cabellos blancos, ojos hundidos en una cara arrugada por los años y vestido con una túnica verde y marrón que le llegaba a los pies descalzos. En su mirada se percibía una sabiduría inconmensurable y su presencia hizo que los presentes callaran e inclinasen la cabeza. Los únicos que se mantuvieron erguidos fueron los del grupo de Erland pero lo corrigieron rápidamente al ver a los demás.
- Vosotros, venid- dijo señalando al grupo.
Fuera caminaban los guerreros de la Montaña con sus lanzas, espadas y hachas ensangrentadas, quienes de vez en cuando echaban una mirada desdeñosa a la jaula.
La simple visión de aquello hacía que le dieran náuseas, al intentar levantarse la cabeza le dio vueltas y cayó de nuevo al suelo de la jaula, se quedó quieto intentando recordar todo lo sucedido y averiguar por qué estaba allí.
La marcha era lenta y monótona, pero si bien el cansancio y la fatiga que sentía eran inmensos no podía dormir a causa del dolor; se llevó una mano a la cabeza y tocó el pelo cubierto de sangre seca allí donde impactó la piedra. Ahora lo recordaba, salió al patio de armas dispuesto a combatir cuando le golpearon la cabeza y vio entre sombras como Ser Ommen era atravesado. El recuerdo provocó en Erland un profundo sentimiento de pena y rabia por la muerte del caballero.
Miró a unos de los guerreros que los flanqueaban y le lanzó una mirada de profundo desprecio. Los odiaba. En ese momento echó en falta a Garra y el sentimiento de enfado creció por momentos.
Al observar a sus compañeros de jaula comprobó que solo unos pocos eran soldados, la mayoría eran sus mozos de cuadra y su cocinero; todos estaban maltrechos y uno de los caballeros sangraba por una herida del brazo. Se trataba de Roldan, un joven que hasta hacía unos meses era escudero. Había tenido suerte de no morir aquel día.
El ejército no se detenía, y a medida que avanzaban, Erland veía la devastación causada por los Señores de la Montaña a lo largo del reino; pueblos quemados, castillos humeantes, campos de cuerpos en descomposición entre estandartes rotos,...todo carente de vida.
Los otros Señores se encontraban camino de Las Gemelas, dos montañas idénticas en cuyo paso estaba la última defensa de Midghar,se trataba de una fortaleza enclavada a cada lado del paso en la montaña. Lo llamaban La Puerta, ya que para llegar a la capital, Abilon, tenías que pasar por allí, aparte en caso de guerra cerraban las compuertas hechas de acero y metales élficos, todo heredado del imperio Ismalfarí. Si los Señores de la Montaña conseguían cruzarlo todo estaría perdido. Erland jamás había estado allí pero su padre le contó que las torres que guardan La Puerta estaban incrustadas en la montaña a gran altura y en los diversos túneles excavados en la roca cabían ejércitos enteros. Si un invasor la atacara tendrían que ir en columnas de 10 hombres de ancho y los arqueros de las compuertas los barrerían.
Por ese hecho guardaba una esperanza respecto al final de la guerra, y mientras pensaba sobre ello la caravana paró bruscamente y se golpeó la cabeza contra los barrotes. Intentó ver lo que pasaba más adelante pero solo distinguía el enorme cuerpo de Oromar, Señor de Señores, con su casco de hierro y su capa de oso entre la multitud de alrededor.
De repente, un cuerno sonó entre los arboles y salieron de las sombras figuras armadas con picas y hachas, entre las figura había arqueros que derribaron a varios guerreros antes de que pudieran reaccionar. Las figuras armadas con picas y puñales iban vestidos de verde y protegidos por corazas de cuero duro y cascos de bronce con inscripciones mágicas. Se trataban de los Habitantes de Las Colinas, hombrecillos cuatro palmos más pequeños que los humanos, los cuales vivían en las colinas boscosas del extremo sur del Valle Tanen.
Los Habitantes de Las Colinas se deslizaban ágilmente entre los guerreros y los iban apuñalando uno a uno sin darles tiempo a defenderse. Entre la confusión uno de aquellos hombrecillos abrió de un golpe la jaula y dijo:
- ¡Venga vamos, corred!- dijo en tono apremiante a la vez que se giraba para defenderse de un atacante.- ¡Venga! ¿A qué esperáis?.
Los primeros en salir fueron los mozos de cuadras, seguidos por Erland, el cocinero y los caballeros. Siguieron a su rescatador a través de la refriega esquivando hachazos, flechas y estocadas lanzadas a diestro y siniestro por ambos bandos.
- ¡Aaah..!- gritó de dolor uno de los mozos a quien le había alcanzado una flecha en el costado.- ¡Ayudadme!-Sus gritos eran agónicos y desesperados.Se trataba de un joven de pelo oscuro, poco agraciado,delgado, vestido con ropas de telas bastas manchadas de barro, sangre y excrementos de caballo secos. Erland nunca se había fijado en él hasta aquel momento, e intentó acercase a ayudar, pero una mano lo agarró y lo llevó al interior del bosque.
Durante un instante su mirada se cruzó con la de Oromar, que llevaba en sus manos a Garra le miraba con odio. Sintió un escalofrío, apartó la mirada y entró en el bosque. El grupo iba por delante y tuvo que correr para alcanzarlos.
Pararon en un claro del bosque a gran distancia del sitio de la emboscada. El cuerno volvió a sonar y su salvador se levantó y se fue sin mediar palabra.
- ¿Quienes son los que nos han salvado?...¿Qué son?- Preguntó Roldan, entrecortado a causa de la marcha por el bosque.- Tal vez deberíamos huir, ¿Quién sabe que intenciones tienen ?- en su rostro se reflejaba la sospecha hacia los Habitantes de Las Colinas.
- Son los Grenn, o Habitantes de Las Colinas, y si nos han salvado deberíamos darles las gracias- gruñó Harac a su pupilo, al que miraba con el ceño fruncido. Este se quedó cabizbajo mirando al suelo.- Señor, -dijo mirando a Erland- ¿qué debemos a hacer?.
Aquella pregunta lo cogió de improviso y durante un momento no supo que responder, cuando por fin respondió:
- Esperaremos a que lleguen los Grenn y...- mientras pronunciaba las palabras fueron apareciendo los hombrecillos que los rescataron.
Ninguno parecía herido pero de entre los arboles llegaron varios de aquellos seres de piel olivácea con uno de los suyos sobre una camilla improvisada con ramas. Tenía el casco hundido allí donde le impactó la cabeza de un martillo, si bien su rostro no transmitía dolor; más bien parecía dormido plácidamente.
De entre los recién llegados salió aquel que los había ayudado a escapar de la jaula.
- Hola, me llamo Aznarkair- dijo en la lengua común de Midghar. Era un ser de nariz aguileña y facciones afiladas, pelo marrón con vetas claras y piel de color de la hierba antes de estar seca del todo. Iba con el mismo casco de bronce que llevaban los demás, vestía ropas verdes y botas de un material nunca visto por los humanos allí presentes.- Os llevaremos a nuestra ciudadela y allí os atenderemos y daremos armas para el viaje.
- ¿Qué viaje?- se aventuró a decir el cocinero.
- El de vuelta a vuestro reino- respondió otro de los Grenn con una mueca. Tenía una mirada dura y en su rostro no se le veía gran aprecio por los visitantes.
Aquello ensombreció el rostro redondo del cocinero quien durante la marcha hacia la ciudad de los Habitantes de las Colinas se mostraba taciturno.
Cuando por fin llegaron, la visión de la Ciudad Escondida dejó estupefactos a todos los humanos, los cuales jamás vieron nada igual hasta entonces. La Ciudad estaba construida con la magia del bosque, una magia ancestral que solos los hijos de la Naturaleza dominan, las puertas y muros eran de arboles entrelazados consigos mismos formando construcciones asombrosas. De entre los edificios salían las mujeres y niños de los Grenn quienes se escondían tras las faldas de sus madres al paso de los visitantes. Del edificio central se hundía en las profundidades un túnel iluminado por antorchas del cual salió un anciano de cabellos blancos, ojos hundidos en una cara arrugada por los años y vestido con una túnica verde y marrón que le llegaba a los pies descalzos. En su mirada se percibía una sabiduría inconmensurable y su presencia hizo que los presentes callaran e inclinasen la cabeza. Los únicos que se mantuvieron erguidos fueron los del grupo de Erland pero lo corrigieron rápidamente al ver a los demás.
- Vosotros, venid- dijo señalando al grupo.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)